A las palabras se las lleva el viento, siempre y cuando no se mueran en un papel.
Las vivencias y las emociones que cruzaron mi vida estás escritas. La memoria, enemiga del olvido, tiene sus fallas y ciertas huellas de mi camino —quizás intensas e importantísimas en su momento— se perdieron.
Hay otras que quedaron y quedarán marcadas en mi esencia, es mi actuar; en mis movimientos y en mis elecciones.
Hoy pude leer y recordar. Volver a tener trece, quince, o veinte años. Vestirme de ellas (de mí) y sentir lo mismo. Lo puedo palpar, cerrar los ojos y ser. Puedo viajar en el tiempo, hurgar en aquel sentir, entender aquel vivir,
Las letras de mi vida son tesoros de mi mente, son destellos de lo que fui. Son piezas de un juego eterno, brazos de la imaginación que me orientó.
Hay palabras pesadas, algunas rígidas y otras sinceras. Se repiten cantos de adolescente. Promesas que quedaron vírgenes, relatos que nunca encontraron lector. Confesiones tan ridículas como genuinas.
Y sin embargo, así y todo, las letras de mi vida son mías.

Son las letras de mi vida las que dan comienzo hoy a este blog. Me niego a decir blog, no me gusta, es en inglés. Me gusta libreta (como la de los verduleros, o la de un periodista). Y si no, cuaderno. Diario me remite a la adolescencia. En fin, son palabras.

“Contamos historias porque finalmente las vidas humanas necesitan y merecen ser contadas”. Paul Ricour

14 de septiembre de 2011

Una cita real


La literatura es un conjuro contra la infelicidad y la desdicha. La felicidad no hay que escribirla: hay que vivirla. En la literatura se pone el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se ha perdido o no se quiere perder. Pero es tan difícil escribir una buena historia feliz.
                         Abelardo Castillo

11 de septiembre de 2011

Los ojos de su secreto

La mirada del joven era mucho más que sus dos ojos, esa noche, a esa hora y en ese sitio mirándola fijo. —“No me mires así— le rogó ella, que padecía una terrible sensación de ahogo cuando él miraba. A pesar de eso, ella no esquivaba los rayos vehementes de ingenuidad que esos ojos marrones disparaban hacia los de ella, que eran más oscuros y tenían el brillo de la plata. Se lo pidió más de una vez: le suplicó en reiteradas oportunidades y de muchas maneras que dejase de mirarla. Pero sin embargo, —y aunque podía simplemente desviar su propia mirada para no ser más blanco de la que él le proponía sin dar tregua— cayó presa de una dualidad consiente: ella elegía seguir mirándolo y depositando en ese cruce de retinas toda la complicidad del universo entero.

Nada en todo el mundo tenía menos sentido que el pestañeo inducido por el viento de mayo. Eran millas de pestañas oscuras que acompañaban el movimiento natural. Las cejas despeinadas contrastaban con la luz cada vez más dominante que disparaban esos ojos marrones, los del joven mirándola a ella, en esa sala invadida por colores que habían sido apagados. Juana yacía acostada en el sillón, con la cabeza sobre el hombro del muchacho, inclinada levemente hacia su derecha. Mientras los dos amantes provocaron al deseo —que estaban tejiendo con sus miradas cada vez más vulnerables desde hacía una eternidad— se oyó la inconfundible garganta de la Môme. Una voz llena de vicios pero sin reproches —“Je ne me regrette de rien…”— que los terminó de hundir en el más agraciado y menos esperado desenlace. Cuando ya no había más oxígeno que respirar ni nada incluso para tomar; y menos existían ya los motivos que pudieran hacerlos dejarse de mirar, se cayó la cabeza de ella contra el pecho de él al mismo tiempo que dejo caer sus párpados, de una vez por todas, y cerró los ojos (que eran más oscuros que los de él). —“Son besos que te hacen llorar”— pensó Juana, y recordó que Marguerite Duras no le temía a la muerte y tampoco le temía a nada más. Después le volvió a pedir al muchacho que no la volviera a mirar de aquella manera, con esos ojos marrones, ni en ese momento ni en ningún otro lugar.



Y sin embargo no imaginaba que un día gris, extraño en esa primavera incipiente, se iban a volver a ver. Pero él la miró y no se volvieron a decir nada más que palabras. Y su mirada no era más que dos opacos ojos marrones, cansados, mirándola en ese casual encuentro.

28 de agosto de 2011

Un olor, una noche y un día.


Cuando me quise dormir apareció de vuelta el olor. Y pensé en el olfato. El primero de los cinco sentidos que me ataca y me refriega en la cara un recuerdo. O, haciendo caso a Borges, la imagen de un recuerdo, por que los recuerdos no existen. Solo existe eso que sentimos cuando recordamos eso mismo (que ya no es lo mismo) la última vez que nos haya visitado. “Dicen que el pasado, pisado, pero yo no me atrevo a pisarlo…” dice un rock and roll. 

Un olor que entonces se filtra sin permiso… y es agradable al principio, y se luce con imágenes muy cálidas y de mucho color, hasta se parece a un momento de felicidad. Es un olor que con los minutos empieza a modificarme, y de una manera ingenua yo lo consiento…hasta que es insoportable, y nauseabundo, y se parece al olor de las cosas viejas (no a ésas que huelen a libros viejos, sino a ésas que solo acumularon tierra). 

Y se mete entre las sábanas y en un sillón…es un olor extraordinario, es grande, pesa y es denso. 


Es un olor que se expande con la fuerza del mar por toda la habitación, por toda la ciudad. 

Me dormí y no me morí. —pensé en voz alta. Y estaba despierta. Pero la noche más sabe por lúcida que por noche y con los ojos abiertos miré el techo durante treinta y cinco minutos sin pestañar. 

La lucidez es un estado embriagador. —leí en las paredes. 

Sin moverme pensé que estaban pasando cosas por lo menos extrañas en esa habitación desconocida para mí. Hasta que impulsada por los escombros de ese olor me incorporé, y sin café pero con los anteojos puestos me dispuse a escribir en un anotador algunas ideas que no me dejaban volver a dormir. 

La lucidez es peligrosa y muchas veces es cruel. Es un estado casi ideal, casi perfecto, casi pleno. No hay perfección en nada más que en el cuerpo de una mujer desnuda por la mañana. No hay un ideal más audaz que el sueño profundo. La lucidez me atraviesa y me desvela en la absoluta oscuridad. Me despierta y me somete a un interrogatorio infinito y mental. Tiene un poder sedativo inconcluso, que me deposita íntegra en un nuevo estado de estimulación emocional. Es un lapso temporal y físico tan poderoso que no hay sentimientos hacia nadie más que hacia mí misma, o hacia lo que yo soy en ese espacio. Y allí descanso, procurando responder algunas de mis inquietudes, luchando infinitamente con las contradicciones y las ambiciones. No sé que me hace más feliz: si lo que tengo o lo que deseo. No existen más días para llorar que los que ya lloramos. Son espasmos intensos y sintomáticos. No siento, sin embargo, —y con la imperiosa necesidad de serme sincera— un dolor auténtico como el de un golpe. Cuando el aire frío se vuelve contenedor salgo a la noche y pareciera que sobra sol. Y respiro profundo. Y me lleno de poesía y de amigos. Y sonrío mirando el cielo estrellado como agradecimiento. Y sonrío por lo que tengo y quiero; y sonrío por lo que no tengo y deseo. Y bailo, desvergonzadamente, despeinada y despreocupada en las calles de la ciudad que resurgió. Y me río a carcajadas violentas. Y vuelvo a reírme ante los estímulos más vivos. 


“¡No te confundas con la lluvia invernal,
  es lluvia auténtica. 

Lees libros y jugás juegos de azar, 
salís a caminar y no es ningún día especial. 

Es, sencillamente, 
un hermoso día más.” 





8 de abril de 2011

Cuando llueve con olor a lluvia hay dos que se están amando



El olor de esta lluvia inoportuna debilita a la razón....intento caminar derecha y sin confundirme....pero el viento me sacude duro, me golpea fibras y me perfora huesos. Tengo miedo de caerme, de no poder soportar la envestida de este olor hoy nauseabundo, impuro, incisivo y fresco que tiene un poder sobrenatural para activar mi sensibilidad. O quizás tenga miedo de dejar que con sus mínimos soplidos ―el viento― y con su elegante e injurioso olor ―ésta lluvia―, me quiebren. Rompan este piso frágil por el que camino, destruyan los rieles que construí yo sola para sobrevivir. 

Llueve y la lluvia te confunde... ―me advierte un compañero. 
Sin paraguas y sin rencor ―pienso yo. 

Es el olor de esta lluvia el inoportuno y no la lluvia ―intensa y húmeda― que inunda los jardines de vida y color…. Si fuera solo una tormenta de calma…Si solo la lluvia me incitara a correr y a bailar. Pero es más corrosiva. Es la vida, o es el viento, o simplemente es éste penetrante olor a lluvia que me quiere llevar a algún lugar que era cómodo y era alegre y era mullido como el algodón; como la cama donde dormía mientras esa amistosa lluvia me cantaba metiéndose por la persiana. Tengo que soportar miradas extrañas ―de deseo y de indiferencia― que son parte del show. Tengo que seguir mis pasos, que sin ser pautados por nadie son hoy una obligación moral. Tengo que caminar erguida, sin fisuras en cada uno de los saltos que me obliguen a dar estos charcos de la ciudad. Están desbordados de agua de lluvia ―los charcos― aunque yo los veo llenos de lágrimas. Son las lágrimas de todos aquellos que no soportamos este olor a lluvia que hay en Buenos Aires en abril.

3 de marzo de 2011

Elige tu propia aventura *

En agradecimiento a las palabras de Javier y Mariano, que con certeza calificaron de inconmensurable el trabajo de quienes "no claudican ante la siempre borrascosa aventura de enfrentar la hoja en blanco".

A todos ellos les deseo más y más creatividad. Por un 2011 colmado de ideas y de poesía, y porque Soles Digital y Traducir Argentina ―dos espacios de expresión y periodismo independiente― sigan creciendo.

Estás frente al abismo de la hoja en blanco. Es sólo una hoja en blanco o luces que se reproducen en un monitor mientras otra luz está apagada y la televisión basura no dispara ideas sino insultos, guiones paradójicos, pocos chistes y menos emoción. Apagala, encendé otra cosa. Quizás música, quizás es mejor la bruma de la oscuridad. El humo en la oscuridad amaga con llevarte a un lugar ―aunque común― que huele a proyecciones en un cine viejo y a puros sobre cuero. Metete ahí, seguí esa pista. Alguien que fuma Chesterfield y firma raro sus cartas. Que escribe historias de amor tristes y te ilusiona con la misma fuerza que te decepciona. Alguien que se obsesionó con tus tetas tanto como con castillos escoceses y te regaló una foto especial. Seguí por ahí que quizás encontrás una historia. No será autobiográfica pero será real. No te pierdas con estímulos visuales, preservá esa oscuridad, la del cine. Él tomaba whisky y te amaba. Pensaba más en tu voz que en vos, y de noche, ―mientras quemaba tabaco y quemaba hojas― te escribía. No siempre cartas, no siempre canciones, no siempre poesía. A veces el sueño lo vencía y no llegaba a escribir “te quiero”. Pero te quería. Y más que a vos, se quería a él enamorado de vos: de una mujer que tuviese tu nombre, de alguien que lo despertara siempre con sonrisas. Tu sonrisa blanca, incrédula y adolescente que solo podía compararla con la de su madre. Vos eras luz para él. Apagá esa música que te acelera el pulso y te pone de buen humor, y volvé al rock de los noventa. Dejate absorber por la paranoia, seguí por ahí que alguna historia va a aparecer. Bueno, quizás no sea real, pero puede ser fatal. Puede ser una historia de amor y de sangre. No tengas miedo en escribir, todo ya está dicho. Esos recuerdos murieron en un muelle, cerca del río y no del mar. Dejaste tu ropa, tu perfume y dejaste tu piel en el piso frío de una cabaña sucia. El humo del sahumerio te recuerda al humo que del hogar escupían las piedras nórdicas que ardían junto con las páginas de un libro de Rubén Darío. En aquel castillo, subiendo la colina, una princesa se murió: de un sueño nunca despertó. Se veía como un arcoíris, era la princesa que él quería ver. “¡Pobrecita princesa de los ojos azules! Esta presa en sus oros, esta presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real…”. Podés salvarla. Escribí otra cosa, cambia la historia y que no sea fatal. Forzá una historia de amor color rosa, un cuento de hadas. Donde princesas y príncipes solo se mueren de amor y el resto de los mortales solo viven para verlos. Donde candelabros y teteras te agasajan y no hay castillos sino góndolas, o alfombras borravinas que saben planear. Donde no se hace el amor cogiendo, sino volando, o regalándose flores o apretándose fuerte las manos; donde los animales hablan y los objetos se animan, y las brujas son malas pero mueren; mueren por que el mundo es ideal, donde el mal no va a triunfar porque un sentimiento divino, una fabulosa visión se apoderan de vos y de tu príncipe; donde no importa lo que sentís, lo que decís ni lo que pueden decir tus labios, sino que triunfa algo establecido, un orden ancestral, un destino imperturbable. Serán felices porque nacieron para serlo. Porque no habrá ninguna posibilidad ―por más obstáculos y por más traiciones― de que ellos no sean felices. Como si el mundo hubiese existido solo para que un príncipe y una princesa se besen e inventen el séptimo arte. Y sonreís y pensás que tenés la historia pero no la tenés. Tenés aún la hoja en blanco, que perturba como un goteo sobre la nuca. Y mirás para todos lados y no hay nada, sigue habiendo humo, solo humo que iluminado por el mismo cigarrillo refleja un manto rojizo en el terciopelo de las cortinas. Te acordás de James Dean y de su forma de fumar, del confuso, sensible y desorientado rebelde del que te enamoraste cuando ya se había muerto. Y querés un vestido y querés un sombrero, y te gustaría tirarte al piso, sobre el asfalto de los cincuenta y jugar con el tiempo y los reflejos, y provocar al peligro, y dejar que te besen mientras las palpitaciones te dan calor y te calientan. Pero no hay más que humo y no tenés la historia, y pensás que encender la luz puede encenderte la cabeza, pero la humareda te marea y no podés moverte. Los caminos creativos son intransitables como tu inconsciente que no te deja respirar, y pensás que hay una sola historia de amor que podrías escribir, y es la que viviste durante diez años, que te sacó el alma y te llenó de vida, que te enseñó a llorar y reírte con los ojos; te acordás de algunos abrazos insuperables y de otros encuentros imborrables. La tristeza ya se volvió nostalgia, y su risa es lo más lindo que tenés. Y empezás a reírte a carcajadas y no podés escribir. Y te duele la cabeza de tanto pensar. Y con ese dolor ―propio del umbral bajo que rige dolores y sensaciones― no podés hacer otra cosa más que acostarte. Mejor no escribir más, mejor olvidar ―pensás―, mejor sería escribir sin pensar, “¡sin pensar!” ―volvés a gritar―. Tomás pastillas para no soñar. Por cobarde, por no querer pensar. Por no querer preguntarte ni preguntarle a nadie nada más. Y cuando te despertás tu cuerpo no siente nada, tus brazos son papeles y tus piernas son de algodón. Abrís los ojos y la luz te lastima en lo más profundo de tus pupilas. Perdiste la memoria, pero te acordás que buscabas una historia. Con un paso sigiloso, flotando, te movés como un cisne. Y la hoja está ahí, en blanco. Nuevamente en blanco. Apagás la luz, prendés un cigarrillo, y, desnuda, te sentás frente a la hoja en blanco. Y volvés a pensar, irremediablemente volvés a pensar y a recordar. 
(*) para TraducirArgentina.com.ar

8 de febrero de 2011

Trueque

L` Éducation sintimentale, Gustave Flaubert.


El hombre tiene dos caras: no puede amar sin amarse 
Alcanzó a leer esas palabras ―ella― en un libro viejo, revolviendo librerías y polvo buscando otro libro que la tenía a maltraer.

Cuando las traducciones arrebatan la poesía, cuando descomponen las ideas, cuando la prosa se vuelve ruido, y el ruido se vuelve insoportable. Cuando las sílabas se entorpecen y los adjetivos descalifican, cuando los verbos son ajenos, y las sensaciones vacías...En todo aquello pensaba ella cuando le dio el libro a él. 

Sabia del problema, conocía los reproches del futuro. Intuía ―ciertamente estaba segura― las ansias y la bronca que iban a generar en él éstas cuestiones. Era un delito necesario, sin embargo, que ella debía cometer. Entorpecer sus horas de espera y desesperación, sacudirlo al remoto abismo de la lectura imposible, cruel y devastadora disposición de la mala traducción. Enojarlo, persuadirlo con la composición equivocada. Confundirlo y provocarlo. Generar y buscar el enojo es siempre más fácil que ganarse la admiración. Plantear una controversia, citarlo a él al duelo de la discusión en torno a eso. Desafiarlo ―con pocas armas y menos certezas―, al estúpido debate. Los errores, pensó, son los que hacen al hombre digno de amor. Y su error ―aquel trueque entre besos y un adiós― fue la apuesta más egoísta que hizo en toda su vida.

Tuvo certezas muy rápido (antes de lo que esperaba) de que su estrategia había sido efectiva, y se ruborizó con la primera evidencia: el enojo plasmado en un mensaje que se diluía en una confesión de amor.

No es necesario que te devuelva esta mierda ―le dijo él―, pero quiero vivir con vos. En Paris o donde sea. 

Supo ella enseguida que su reputación de buena lectora estaba bailando en una soga, pero entendió que eran prioridad el amor y el enamoramiento, los besos y la luna. Entonces esa noche, victoriosa pero llena de vanidad soñó que alguien robaba todos sus libros. En su casa ya no entraban ladrones de joyas, ni de dinero, ni esos que se llevan las ilusiones. Eran rateros del orgullo, que habían venido a llevarse todas las letras de su vida para dejarla, desnuda, ―sin armas y sin letras, sin historias y sin ideas― frente al lector más importante. Resignó y tiró a la basura sus horas acostada en la cama, sentada en el patio, frente al mar y bajo la lluvia, todas las horas de su vida con un libro en la mano.

La bronca de él, así y todo, la hacían a ella sonreír de placer. Él nunca le devolvió el libro. Si le sacó algunos otros, una vez que entendió y perdonó su ingratitud. No hubo nunca más un trueque entre ellos, solo se entregaron la vida: el uno al otro, sin pedirse a cambio nada, ni siquiera un beso, ni siquiera un libro.

1 de febrero de 2011

Charlas

Se preguntaban ―sentados en la escalera del patio naranja― cómo la maestra de matemática podía ser tan fea. Pensaban si habría nacido fea, ya, o era algo que había adquirido de vieja.

Seguro es virgen ―dijo Gonzalo.
¿Vos decís? ―retrucó Leandro.

Estaban siempre juntos y no se cansaban de especular con la vida sexual de las maestras. Cómo ellos no tenían la suerte de acostarse con mujeres, pensaban en ellas todo el tiempo. Incluso pensaban cosas feas, cómo por ejemplo si la Srta. Jorgelina ―de quien detestaban su perfume― se bañaba antes de hacer el amor con Alejandro ―que era profesor de música― o después.

No es linda, pero la baño y le doy. Si se ducha y con jabón, si no, ni loco. Es como una mezcla del Impulse de mi hermana y el olor que hay en mi casa cuando mi mamá hierve brócoli y no abre el balcón ―dijo Gonzalo y levantó la nariz como si estuviese oliéndole la piel. Gonzalo era atrevido y seductor.

Vivían calientes, deseando ser más grandes, soñando con la vida lujuriosa que iban a tener en lo inminente. Se contaban los besos que le daban a las chicas y comparaban técnicas. Tenían suerte Gonzalo y Leandro de ser altos, porque así podían besar a alguna de séptimo, incluso Leandro una vez besó a una del patio techado, donde tomaban cepita las de secundario.

Obvio que es virgen, boludo ―le dijo el morocho al rubio haciendo un gesto de superioridad― ¡mirá la cara de frígida que tiene! 

Gonzalo creía que la frigidez era una cuestión de caras. Algo así había escuchado de su hermano mayor, y lo repitió frente a su amigo con mucha seguridad.

Yo no sé si será virgen… para mí que todos cogen. Incluso los feos. Aunque quizás es cierto que algunos mueren vírgenes: el Turco García dijo que si no hubiese sido por el fútbol no la habría puesto nunca. ―plantó la duda Leandro.

Se rió Gonzalo a carcajadas y se atragantó con el alfajor.

Es un forma de decir Lea, ―lo sobró de vuelta Gonzalo― ¡cómo un hombre va a morir virgen! Es imposible. Podés pagarle a una profesional, de última. Nadie se quiere morir sin coger. 
Entonces la bigotuda ésta tampoco es virgen.

Lo dijo convencido Leandro y escupió en la rejilla. Había aprendido hace poco ―unos siete u ocho recreos― a escupir como un hombre.

No es virgen, te apuesto lo que quieras ―lo apuró después.

Pero ésta es una mujer, es diferente… no hay como putas para mujeres, digamos… hay putos, pero no se acuestan con mujeres, sino con hombres. Al final proporcionalmente es como yo te digo, el hombre tiene más posibilidades que la mujer. 

Si, tenés razón, no hay “Putos” que no sean putos. Digamos tipos para que una mujer les pague. Como las putas para nosotros. Nunca lo había pensado…―reflexionó Leandro con la misma cara que ponía cuando sumaba fracciones. ¿Por qué será? ―se preguntó después.

Es muy obvio, Lea ―se agrandó Gonzalo―, por dos cosas: primero que nadie, ni por un millón de dólares, pondría una mano sobre esas piernas de cerdo. Y, segundo, que las mujeres no pagarían por sexo, no les gusta tanto como a los hombres. Pueden morir vírgenes tranquilamente. Como le va a pasar a la señorita Celina ―concluyó Gonzalo.

Sí, puede que tengas razón. Mi hermana cuando se encierra en el baño se maquilla. Yo cuando me encierro pienso en sus tetas ―confesó Leandro. Es distinto. Igual me intriga saber si ésta vieja es o no virgen. 

A mi también, ¿pero cómo lo vamos a averiguar?― le contestó Gonzalo.

Cuando Leandro puso cara de “ya veremos” se acercó Julieta.

―¿Van a participar del amigo invisible, ustedes? ―preguntó mientras se enrulaba el mechón de pelo dorado que había dejado sin trenzar.

Julieta estaba, de acuerdo a sus categorías, en la fila de las normales. Ni linda ni fea. Pero ninguno de los dos había pensado nunca ―hasta ese día, hasta ese recreo― en que sus tetas estaban empezando a crecer considerablemente.

―¡Ey! ¿Están sordos? 
El amigo invisible les parecía una pelotudez, pero Gonzalo, rápido como siempre, después de hacer foco en la camisa blanca contestó:

―Obvio, Juli, nos encantaría. ¿Quiénes juegan? ―preguntó.

Por ahora todos, menos los tarados del fondo, dicen que es cosa de nenas. 
¡Qué idiotas! ―quedó bien Gonzalo―, está bueno para conocernos más… ―remató y la mató a Julieta que le entregó una sonrisa furiosa.

Gonzalo le explicó a su amigo, una vez que Julieta se dió vuelta ―y después de comentarle que ese dobladillo no estaba igual que el viernes anterior―, que a las mujeres les gustaba que los chicos sean sensibles, amigueros, dulces, y un montón de cosas más que antes eran consideradas como de putos:

Las cosas cambiaron, amigo, ahora las minas se dejan apretar por tipos buenos, y no se fijan tanto si sos lindo…¿Viste el Gordo de segundo año? Todas decían que era el gran amigo fiel y simpático, ahora anda de novio con la hermana de Tomás que está más buena que éste alfajor. Y está en tercero ella. Cumplió quince y el Gordo la besó delante de todos, con la música de Armageddon de fondo y con una flor en la mano. Un fenómeno. 

¿Nosotros con quién debutaremos? ―con cara de preocupación preguntó Leandro.

Mi hermano me dijo que hay que esperar hasta cumplir los trece, darle ese tiempo al amor. Si cumplís trece y no se dió, hay que pagar. 
Vos porque cumplís ahora―lo interrumpió Leandro―, yo hasta mi cumpleaños me corto un huevo. 

Tranquilo amigo, vamos en las vacaciones de invierno ―concilió Gonzalo. Cuando volvamos de Carlos Paz. Mi hermano me dijo de una amiguita de él que es ideal para debutar. Te da un pantallazo general, sin violencia, con mucho amor. No está operada y tiene aspecto de secundaria me dijo. De colegiala, bah. Eso me dijo, así que como mucho tendrá cinco años más que nosotros, a no ser que haya repetido. 

Si, mejor que sea con una no tan grande. Mirá si te toca una cómo la señorita Celina, puaaaaj, es un monstruo, uuu, está cada vez peor, mirála ―se retorcijó Leandro cuando la de matemáticas pasó por delante de ellos, y se quedó quieta, inmóvil, en el único lugar donde le daba el sol.

Tiene la cara como un mapa, viste, esos marrones que hay en aula. Es lo más parecido que vi a la piel de un sapo pero de otro color ―agregó Gonzalo entre arcadas.

Sí, y encima que se pinta como una puerta. Es como un plastificado. Y vos jodés con que no es virgen… ―sentenció Leandro.

La señorita Celina era una mujer fea. Pero Gonzalo y Leandro la veían aún más fea porque era, además, vieja, gorda, usaba un recogido antiquísimo que le dejaba al descubierto un par de orejas tremendamente deformes, y los labios ―siempre de color sangre― eran sumamente finitos; tanto que la señorita Celina cuando los pintaba, hacía trompita y un pequeño circulito. Después los dientes tenían manchones marrones ―por el cigarro― y rojos, que no eran del rouge, sino del sangrado de las encías. Tenía bigotes, claro, pero para ellos era aún peor el único pelo que tenía en la barba.

Te apuesto un combo que nunca cogió ―apuró Gonzalo.

Hecho ―dijo Leandro y le apretó la mano fuerte.

21 de enero de 2011

Génesis de la paz


Cuando suena una música y escucho otra,
cuando el sol no me lastima y me inmuniza,
no me muevo;

Cuando el viento me seca lágrimas y me eriza la piel
cuando bajo el agua escucho una canción,
no me muevo;

Cuando alguien me abraza fuerte y me duele el pecho,
cuando la arena se transforma en aire,
no me muevo;

Cuando la vida se paraliza,
todos existen y desparacen,
se van y la soledad es perfecta,
se van y la lluvia es vida,
se van y el cielo se abre,
se van y el mar es más grande.
No hay nadie que ensucie el cuadro
no hay nadie que sople más que el viento,
no hay nadie, ni nada.

Cuando estoy en paz.

20 de diciembre de 2010

Grito del caos

Sí siguen permitiendo que cualquiera corte una calle en Buenos Aires, donde la falta de respeto, la intolerancia y la violencia son ya patrimonio de todos, van a generar tragedias. 
Hay una muy delgada línea que separa libertades, límites de lo individual. 
Está tan confusa y tan impunes son las consecuencias de su violación que nos maltratamos entre pobres y envejecemos; y sin embargo, el milagro de una sonrisa nos da vida y nos traslada a otro cielo.

30 de noviembre de 2010

Nostalgia de una voz

Una vez me di cuenta que a las mujeres nos gusta escuchar la voz de un hombre al oído.
Ronca, suave y áspera a la vez; me di cuenta que escuchar la voz de un hombre al oído me hace sentir cuidada, protegida y en paz.
Y también me di cuenta ―siempre aquella vez― que ellos intentan sentirse guardianes de una mujer que aman.
Me gusta la voz de un hombre de cerca, íntima; e imagino hoy ―con los ojos cerrados y abrazando al infinito―, que él me duerme ―entre susurros y risas― contándome un cuento al oído.

23 de noviembre de 2010

Kafkeano

Era una reunión pequeña en un cuarto angosto; no se sabía bien porqué ella prefería limpiar, con luna, los 148 escalones fríos marmolados con cálidas alfombras.

Se comenta que se bebía té a la noche, ya que alguien, a la luz del día, se bebía el coñac de las reuniones.

A la iglesia, solitaria, un pájaro la sobrevolaba. Las campanas del adiós retumbaban; y sin embargo en la mesa, angosta también, nadie siquiera chistaba.

Un cuervo tironeaba el pelo de las niñas y hundía el pico en las tazas. Ellos no se ocupaban de él, y nunca se ocuparon. Se dice que cantaban y reían sin culpa, desmesuradamente, sordos de alguna tragedia.

Entonces cobró más importancia el golpe frágil y duro de las campanas. Como queriendo hacerse notar.


16 de noviembre de 2010

El Amante. Marguerite Duras


“Los besos en el cuerpo hacen llorar”

Marguerite lo afirma. Es una insinuación, una hipótesis si continúo escribiendo, pensando.

Lo dijo una mujer que no tenía quince años. La historia, el pasado, definían el dolor. Manifestaban un dolor. 

Los besos en el cuerpo duelen porque son gritos de la boca de un hombre mayor, la humedecen con dinero, poder, misericordia y más dinero. Aun así, especulan con la posibilidad de transformar su realidad, aunque la ame.
Duelen porque son desconocidos, tanto como deseados y tanto o aún más como prohibidos. Duelen porque son piezas de un truque. La mercancía: dos pechos no desarrollados, dos formas de pecho, contornos de senos femeninos.

A Marguerite Duras lo besos en el cuerpo de su amante le quemaban, le dolían, porque significaban el principio de su fin. Envejeció a los dieciocho años.

6 de noviembre de 2010

Presa en algún lugar que no es París

La libertad guiando al pueblo. Delacroix, 1830
Siempre quise vivir en París. No ser francesa pero si vivir allí. No dejar mi casa, a mi abuela y a mis amigas, pero sí escribir, estas líneas ―o cualquieras otras―, allí.

Siempre soñé con adueñarme del aire de París. La capital del vino, qué me importa, del queso, y del espíritu rebelde sin fin. Estar en mayo, por qué no, y si es pedir mucho, que sea en abril. 

Ser una desconocida en las calles de París. Perderme, sola, por alguna petite rue. Caminar sin saber hacia dónde, sentir en la nuca la respiración de París.

Siempre quise enamorarme en París, o en otro lugar. Siempre me gustó enamorarme. Rentar un piso, no muy alto, con ventanas al sol o al cielo gris.

Charlar con alguien, tomar un café. Almorzar con compañeros, con algún genio, con un poeta y con alguien que toque el violín.

Que me pinten desnuda, sin frio, recostada sobre la Rue Rivoli. Que me duerman, a caricias y besos, bajo un árbol en les jardins de Tuleries.

Ver bailar a mujeres preciosas, sordas, y subir las escaleras más largas. Rezar ―aun sin saber cómo― frente a una Iglesia en París.

Encontrarme con otro, con otros, e irnos a la cama sin cenar. Escribir incansablemente, basura, porquerías, y usarlas para encender el hogar. Escribir cada tanto algo que no me guste, y que me haya hecho mal. Usarlo para comprarle a mi marido su primer frac.

Fumar cigarrillos largos, distinguidos, frente a Notre Dame; fumar el frio de la soledad sobre el Pont des Arts.

Siempre quise pasar la primavera en París.

Subir cuatro pisos corriendo, cocinar algo. Despertarme sin saber cuándo, ni dónde. Sedarme con la música de Chopin.

Pasear en tren, y contar hasta veinte tejiendo el espiral. Volar ―detrás de Picasso y Van Gogh― desde Montmartre a Montparnasse. Robarle una idea a Simone de Beauvoir.

Tener un amante. Ser la amante de un burgués. Extrañar a un don nadie, huir de noche y desmayarme en la indulgencia de sus pies. Estar presa días y semanas, alimentarme ―de su arte, de su sencillez― y volver a comer a la mesa del rey.

Usar los brazos de Jules et Jim como columpios. Desde el puente arrojar los bigotes, besar a uno y al otro después.

A veces almorzar, a veces morir por pan. Por un croissant, bailar y venderme por un croissant.

Siempre quise llorar en París.

Vivir en un hotel, despojado de todo ayer. Pasar tardes y noches en la cinemateca entre jóvenes y colillas, entre piernas y cerillas.

Quedarme sin aliento leyendo les cahiers du cinéma. Delinear con mis pasos la Seine en busca de la libertad. La indulgente, la que prescinde de todos y se vale por si sola. Mi libertad.


Acá les dejo una crónica de la ciudad luz que escribí para Soles.
http://www.solesdigital.com.ar/turismo/paris.html

1 de noviembre de 2010

Erótica

Todo empieza en un colchón o en un beso
Sin saber, sin hacerse ver, en un suspiro, en un día de sol
Empieza en un adiós, incluso, a veces, en un adiós
Donde termina el encuentro, donde empieza el amor

Bailando en la calle, paseando de pie
Volando, pintando, oliéndose bruscamente con las manos
Dura la vida, o muere en la inmediatez de un retrato.
Dura un abrazo, nace y muere en los mismos brazos.

Atormentados, fallidamente enlazados
Pegados con engrudo paternal
Indiferentes a la noche, bajo la misma blanca libertad

Se leían, se escribían las vísceras con tintas del puñal,
Tocándose, leyendo, se cortejaron
La lectura se acabó. El Marqués de Sade se acabó.

27 de octubre de 2010

La fiesta

Cuando escuchaba a ciertas personas conmovidas, seguras, y de forma convincente decir frases que parecen haber sido musicalmente pensadas para luego ser repetidas, solo escuchaba, en realidad, justamente una frase hecha. La frase hecha después se memoriza, se repiensa, y, definitivamente se deja de lado, porque se cree que quien la dice solamente busca contagiar una sensación propia, que, por simpatía y semejanza con la frase hecha, no se escapa mucho del contexto de quien la escucha.
¿A mi también? ¿Será verdad? ¿Cómo me voy a dar cuenta? ¿Qué puede haber? ¿Cuándo empieza? ¿Cuándo termina? 
Alguien o muchos realizan el trabajo. Los lugares, las personas, los días y las noches. Las conversaciones, los silencios, los gritos y la risa.
¿El cielo nos habla? ¿La calle nos mira? ¿Pueden flotar en el mar letras, palabras, pensamientos…?
Todos colaboran. Todo influye. Es un trabajo arduo.

Un día, no me acuerdo bien cómo fue (¿eso debemos acordarnos?, ¿hay principio?), amanecí con la frente tajeada, se veía el cerebro por dentro.
¿Quién se metió? ¿Qué quieren? 
Sentía que habían entrado a mi habitación o revuelto el cajón de mi mesa de luz. Te violan, se entrometen. Desordenan las cosas más básicas. En el baño, un colador. La heladera en el cuarto. Y uno, acostumbrado (y conocedor) de una sola realidad, se asusta.
El susto es el comienzo entonces. Lo voy a llamar miedo. Miedo a descubrir, miedo a renunciar, miedo a elegir, miedo a resignar. El miedo paraliza y angustia. Mi miedo era (todavía deber ser, desconozco el final) darme cuenta que la distribución de los muebles era sólo una cuestión de costumbre, y la duda mas grande aún, la incertidumbre y la ansiedad por saber y descubrir nuevas formas de acomodar sillas y sillones que me obligasen a cuestionarme porqué habían estado, entonces, tantos años de aquella manera.
Después la herida empieza a suturar. Pero adentro quedan palabras saltando, gritando, bailando. Hay imágenes, fuertes y muy nítidas, que se cuelan y también hacen ruido. Sacan y ponen con la intención revolucionaria de desordenar; pero acomodan. Se regocijan frente a tanta quietud.
El cuerpo, sabio, entiende que semejante fiesta no puede pasar desapercibida y actúa. Su participación es la más fea. Allí empieza una etapa de guerra: la fiesta molesta.
¡Que se vayan! ¿¡Qué quieren!?
No hay nadie. No es nada. Ya se van a ir.
Malignos, molestan, solo quieren lastimarme.
No. No son malos. Te quieren ayudar. Advertirte. Sí, te lastiman también. Su tarea maquiavélica es a largo plazo. Te quieren avisar que hay fiesta y que busques tu mejor traje y participes. Tenés que ser reina de aquella fiesta: elegir la música, acomodar las mesas y jugar con todos y con ninguno. Tomar las decisiones importantes.
¿Es definitivo? ¿Puedo volver atrás?
Siempre. Todos los días, todas las puestas de sol. En cada segundo hay una decisión. Es una vida, una sola, ni dos ni tres, cada noche es tu última noche.
“Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena…”
¿Es necesario sufrir?
Claro. La libertad tiene ese precio.
“…que el fin del mundo te pille bailando…”
¿Cuánto dura la fiesta?
Poco y mucho. Termina y vuelve a empezar. Se reinventa.

Ellos

El beso en la Place de l'Hotel de Ville - de Robert Doisneau

Ella, una mujer misteriosa aunque interesante, siempre supo (o por lo menos en el transcurso de esa noche) que algo iba a pasar. Él, joven y soñador, estaba entregado al azar de los deseos, de los sucesos. Los dos cumplían un sueño: para ellos, más allá (o a pesar) de cualquier encuentro, aquel no sería un viaje más.

Viajaron, se tomaron uno, dos trenes, algún avión y un ron.

Y se encontraron.

La música fue esencial: despojó a la primera situación de cualquier tipo de incomodidad. Es verdad que los unió, porque la música siempre es una excusa, y el ritmo de los recuerdos los puso cerca, delicadamente cerca. Decidieron caminar hacia un lugar, conocer el lugar y conocerse ellos. La noche era fresca y todavía no se conocían pero ya sabían todo. Ellos —sobre todo ella— simulaban un perfecto manejo del escenario que no existía. Se reían de nervios. Estimulados por la risa y apurados por el sol se fueron a dormir. No había sueño, si sueños; y la música —que ya no sonaba— ensordecía a sus almas.

La primera noche —sería la última— él la miró mucho. Después la siguió mirando desde lejos. Cada detalle, cada gesto. Una peca, dos: las contó. No. No las contó porque eran infinitas, pero supo cuantas eran: muchas. La siguió mirando, ahora con la boca, e incluso quiso besarla con los ojos.

Y no se pudieron dormir.

Ella se regocijaba ante el inminente acercamiento que buscó. Estos desconocidos en París son unos, aquellos enamorados que vivían en los cuentos que ella escribía, eran otros, muy diferentes. Ella los escribió. Los pensó y allí estaban. Pero ahora no era dueña del poder ni del destino de esa pluma. Sí tenía manos. Las manos, las piernas, la boca. Tenía sed y tenía labios rojos y dóciles; tenía hambre y tenía calor. Tenía orejas, lengua, instintos. Descubrió que los nervios empezaban a quemarla y el ardor a confundirla. Estaba embriagada por aquella mirada anónima —de un íntimo desconocido— y se dejó caer, como caen exhaustos los pétalos de flores muertas en octubre en Londres.

Era ella, la creadora, ahora la responsable. Porque ella soñaba con el amor, no lo tenía y lo soñaba. Y lo escribía y lo expresaban sus criaturas literarias, pero ella no sabía amar. Porque nunca había amado y porque nunca la habían besado con amor. Entonces ella, que había quedado acostada boca abajo, con la mirada perdida y pensando —porque lo único que hacía era pensar— se confesó con sonrisas, ruborizada y temblando. Lo deseaba. Deseaba que la amen.

Y él la besó.

El primero fue un beso incómodo y desparejo porque ella no sabía besar (y tampoco sabía dejar besarse, simplemente). Pero después los labios de ella se humedecieron y los dejó reposar en los de él. El sudor de las manos se extendió hacia todo el cuerpo. Esa mujer necesitaba de aquella transpiración como la tierra árida a las lágrimas de lluvia. Él, que era un hombre fino y robusto, con el pelo aclarado por el sol y la piel curtida por la vida, se acomodó mejor para besarla de nuevo.

Y la volvió a besar.

Una y otra vez. De todas las formas que conocía y con todos los años que tenía. La besó con pasión, la humilló con besos despreciables. La besó de compromiso y también la besó como besa un jovencito a su adolescente. La burló con besos de niños. La besó como si el tren partiese y con la ansiedad del reencuentro. Le dio besos victorianos y románticos, prohibidos y reprimidos. La besó con los libros, con la fuerza del dinero y con piedad. Le dio un beso de cenicienta y otro de prostituta; y le regaló un beso francés. En sus mejillas soltó besos de posguerra y en sus entrepiernas otros de hotel. Después vinieron los besos de amantes y los besos violentos. La besó con impunidad, con frescura, con odio, con locura y con mentiras. La usó para besarla y eso no le dio vergüenza, sino que lo dotó de autoridad. La besó con la arrogancia de un amo a su súbdito, y con la confianza y seguridad del propietario sobre su mercancía. Porque ella ya era de él y no tenía forma alguna de escapar: la habían besado con amor.

Es suficiente. Por favor…ya basta… está bien. Por favor, por favor…—susurraba ella cuando la pausa del beso le permitía respirar.

Pero él no se detuvo.

La besó con el mundo entero sobre sus labios, con la fuerza del piano y la intensidad del pecado. Y fue tanta la energía, fue tanto el dolor y la angustia, el desahogo y la violencia del beso; fue para ella tan esperado, tan ansiado y tan deseado, fueron tantos los días y las lunas…que se desvaneció.

Desde que nació —pero sin darse cuenta— ella supo que todo terminaba ahí, en esa habitación cálida de un hotel de París. Todas sus ideas y sus movimientos, todas sus decisiones y sensaciones, la empujaron al abismo del beso.

Y no lo soportó. Aunque en verdad lo disfrutó, pero fue demasiado. Presa de sus propias novelas, atrapada entre las piernas de él, se murió. Se murió desnuda, con el rostro todavía caliente, las piernas temblando y la piel tersa. Se durmió para siempre. Tenía el cuerpo aún tibio y sudado, y parecía descansar en paz.

La mató el amor.

23 de octubre de 2010

La mujer

           
La mujer ya no llora. Un día dejó de llorar.
El barco fue una prisión: su inocencia y el viejo continente quedaron lejos, muy lejos. Sus padres, campesinos y honestos, se asustaron por la miseria inminente, y ella, sola y muy pequeña, se quedó mirando hacia atrás. A la niña le hablaron de un tal “viaje necesario”, pero ella naturalmente lo tituló muerte.
En la Avenida San Juan —entre Defensa y Bolívar— tan lejana de su calle sin nombre pero con recuerdos, la esperaba gente que era de su misma sangre y que hacía años había apostado por la Argentina. Ahora, en 1941, Buenos Aires era nuevamente el destino español, pero esta vez sumamente triste e involuntario: era un refugio frente a las secuelas de la guerra.
Los Aguirre que la esperaban eran viejos y pobres. De todas formas, cuidaron y educaron a la niña hasta que murieron. La madre de la niña le decía por carta:
—Buenos Aires es una gran ciudad, bellísima. La radio la describe como la Reina del Plata, como la París de América. Nosotros estaremos bien, en cuanto podamos, iremos contigo.
Ella, con maduros e ingenuos dieciséis años no sólo no podía descubrir la belleza y la grandeza de la que le hablaban, sino que además padecía un infierno en aquel cuarto compartido con detalles de lujo barato, alfombras sucias y cortinas ásperas y llamativas.
Ya mujercita en crecimiento, caminaba hasta la barranca del Riachuelo y la esperaban un banquito de madera, una máquina de coser y una patrona. Con monedas consolaban y alimentaban a esa mujer, nuevamente sola.
En Buenos Aires los años pasaron. La caminata devino en paseo, y la mujer, un día, se olvidó de extrañar. Al patio, saturado de gente y mugre, insalubre y ensordecedor, ella comenzó a verlo como un lugar alegre, familiar y colmado de ilusiones y sueños.
Caminaba hacia el taller, llovía, y no hacía frío:
Qué afortunado, señorita, el hombre que le lleva el café temprano. —dijo Aurelio.
La mujer ya era joven y se la veía virginal y candorosa. Mojada y sonrojada, sonrió y continuó con su sigiloso paso. Se sabía sola en el mundo: la guerra había terminado y ella no tenía veinte años. A los tres pasos se volteó y volvió a sonreír: su cabello azabache brilló. Dos meses después se sentó a tomar un café en Los 36 Billares con Aurelio Gaspar Gonzáles, argentino, nieto de españoles calificados que se habían instalado en el país después de la revolución del ´68. Bastaron otros tres meses más para que la mujer se casase y mudase al barrio de Montserrat con él.
Una tarde de octubre de 1951, Aurelio tomaba un trago y veía el primer partido de futbol trasmitido por televisión en la Argentina. San Lorenzo (del cual era hincha Aurelio) y River se batían a duelo y algunos pocos lo disfrutaban por la pantalla chica. Si no fuera porque antes de que el referí pitara el fin del partido, la mujer comenzó a tener contracciones y hubo que llamar a la partera, aquel empate hubiera sido para el olvido.
En su propia casa la mujer dió a luz a Joaquín, su primogénito. Ella, que ya no trabajaba desde el día en que tomó aquel café (y tampoco volvería a trabajar en toda su vida), pasaba las tardes cuidando a su hijo y bordando. Exactamente un año después del partido (y del nacimiento, claro), la mujer trajo al mundo a Catalina, tres días antes que muriera Eva Duarte de Perón.
En su infancia, los hijos de la mujer fueron niños amados y bien educados por su madre, que ante la ausencia permanente de su marido, tuvo que realizar sola esa tarea. Aurelio era ya en 1960 un importante productor textil, pero con la crisis que salpicaba a la industria, la fábrica pasaba por un muy mal momento.
La situación se complicaba y no solo era cuestión de pasar el invierno. Aurelio estaba sentado en su sillón, fumaba un habano y pensaba en voz alta:
¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué hicieron esto con mi país?—murmuró mirando a su mujer.
Yo no entiendo nada, hombre, y eso tú lo sabes…—contestó ella.
—¿Sabés qué pasa?—la miró y le tendió su mano. No estoy preparado para esto. Me siento mal, son tipos buenos, trabajadores, honestos. Y tienen que alimentar a sus familias, como yo —concluyó.
            A Aurelio le habían encomendado la tarea de seleccionar quince obreros para despedirlos. La fábrica debía reducir el personal. La mujer, su mujer, le dijo que despidiese a los mejores, a los más calificados.
Los más débiles no van a salir adelante. —La mujer decía no entender nada, pero hablaba de débiles y fuertes—. Otras fábricas se matarán por tener a los mejores, enseguida conseguirán empleo. Conocen un oficio, lo sienten, lo dominan, ¡es de ellos! ¡Como mi padre!  —exclamó angustiada.  
Esa tarde lloró y sufrió, como lo había hecho tantas veces desde que el barco la escupió en el puerto. Y cuando supo que su marido actuó como ella dijo, se juro no llorar más. Sin perder su orgullo de ser española, se dijo a si misma que sus padres, su calle, su vida entera (hasta los once años)  no la harían llorar más. A pesar del desarraigo, que la mujer siempre vivió con cierta nostalgia, tenía la seguridad de que a medida que el tiempo transcurriese —algo inevitable— habría más rostros, canciones, gestos, palabras, e imágenes de la Argentina que serían parte de su historia.



21 de octubre de 2010

La ventana de un tren



             El tren de Roma a Florencia es un gran tren. La comodidad pasa a ser subjetiva al lado del paisaje: las colinas verdes como el pasto sano me acompañan todo el trayecto.
Es fascinante encontrarse ante tanta tranquilidad. Pensar en otras cosas es casi imposible. Pensar en aquellas cosas (esas que nos hacen seres únicos e irrepetibles, pequeñas por cierto) es inexorable.
¿Cuantos son los minutos de paz? ¿Cuantas las horas de guerra? Quienes justifican las acciones bélicas dicen que gracias a la guerra existe la paz, un estado de quietud tal que no sería nunca gozoso ni esperado si no fuera porque hubo golpes y daños que necesitan tiempo para sanar.
Hoy puedo disfutar de una buena canción, un cálido reposo y la invitacion de una ventana que me muestra más allá...  Dejo que la paz actúe bajo su propia génesis reparadora. La dejo ser. La dejo curarme. Lloro y me limpio. Siempre tengo presente, de todas formas, que dentro de un tiempo, poco o mucho, podrán llegar nuevas embestidas.
El dolor volverá, la angustia me podrá ahogar, pero yo ya tengo una imagen, ya guardé un sonido y absorbí un olor. Solo tendré que buscar en mi memoria aquel oasis (aunque solo fuera la ventana de un tren), y seré más fuerte. Y seré millones.  

Aguas Primaverales. Iván Turguéniev

Iván Turguénev es ruso y yo lo descubrí hace poco. Amigo de Flaubert ―si es tu amigo, es amigo mío― a diferencia de los otros grandes maestros del llamado siglo de oro de la literatura rusa ―Tolstoi, Dostoievski, Chéjov― su obra está fuertemente marcada por un europeísmo severo. Incluso dicen las malas lenguas que entre estos y Turguénev no eran buenas las relaciones. Influenciado seguramente por sus estudios en Berlín sobre filosofía e historia, me animo a decir que tiene la poesía de aquellos con la dinámica de las plumas más occidentales. Interesante, y sobre todo, bello.
“Aguas Primaverales” es una pequeña novela, una de esas que se leen de corrido buscando la acción que tarda en llegar. Lo que sucede es que en esa búsqueda, llena de incertidumbre e intriga, nos enamoramos de los personajes. Sanin es un joven ruso de poco más de veinte años que comienza a emprender la vuelta a casa luego de viajar por Europa. El verano alemán de 1840 lo sorprende y lo seduce desde los ojos y los cabellos de una mujer, italiana ella, salvaje, ingenua. Algo así dice de aquellos ojos negros:
“Cuando en los pasajes expresivos ella alzaba los ojos al techo, preguntábase Sanin qué cielos no hubieran podido abrirse ante tal mirada”
Gemma es una perla, es potencialmente la mujer que nunca imaginó podía llegar a ver.
Así comienza esta historia. Donde un solo conflicto se lleva toda la atención. Adoré su prosa, la belleza y la precisión con la que describe hábitos y costumbres de la sociedad europea de entonces. Crítico con la aristocracia rusa, de fincas y palacios, pondrá en la exuberante figura de una princesa rusa la mirada de un confundido Sanin. Así, Turguénev, ubica al joven aristocrático entre las dos mujeres. Que no son solo dos mujeres, sino dos posturas políticas e ideológicas y determinarán, en definitiva, su destino.
Para tentarlos con la lectura, les transcribo algunas pinceladas:

"…Sanin violvióse a la fonda, y sin encender la bujía, se echó en el diván, cruzó las manos bajo la nuca y se abandonó a esas impresiones del amor recién revelado, impresiones que es inútil describir: quien las ha sentido, conoce sus ansias y dulzuras; quien no las ha experimentado, no las comprendería..."